Entre nieves y termas
“Salutem per aquam”, que dirían los romanos. Salud a través del agua ya sea en estado líquido o sólido. Ésta es mi elección para los largos y fríos días invernales. Combinar el descanso en un balneario tras un trepidante descenso de esquí. Dejarme seducir por las montañas pirenaicas y las aguas medicinales que fluyen por esta cordillera en cinco viajes inolvidables para afrontar esta gélida estación.
Emprendo mi aventura en el nuevo balneario de Panticosa, un confortable cinco estrellas, en la comarca del Alto Gállego, al norte de la provincia de Huesca. Un lugar fuera de lo común, un pequeño oasis en un rincón blanco que, por el hallazgo de unas monedas romanas de Augusto y Tiberio en las inmediaciones del manantial de Tiberio, evidencia la presencia romana en este enclave y el uso consciente de las aguas termales desde esa época. (…)
La vuelta a Euskal Herria en tren – Las mil facetas de un país
Los trenes son mágicos. Su avance pausado y su rítmico traqueteo convierten cualquier desplazamiento en toda una aventura cargada de romanticismo. Los grandes viajes de las novelas siempre tienen como escenario los pasillos de un tren. Y en estos tiempos donde tanto se valora la rapidez, esta vuelta real a nuestro país utilizando sus servicios ferroviarios abre las ventanillas a una nueva visión del viaje. Es como un billete que te invita a descubrir nuevas experiencias, a disfrutar de rincones paisajísticos escondidos, a encontrar encantadores pueblos apartados del asfalto y a un paso de casa.
Descubrir Euskal Herria en tren es todo un reto, una aventura, cercana pero apasionante, que nos regala mil facetas sorprendentes de lo que creíamos conocer. Nuestro país es un continente en miniatura y lo recorreremos de estación en estación. (…)
Pueblos amurallados Guardianes de piedra
El aire, fino y mesurado, nos revuelve el cabello mientras la vista se pasea por los campos de un verde brillante y se tropieza inevitablemente con el caserío de Artaxoa [Artajona]. Encaramados a una de las torres que se mantiene en pie orgullosa, dando forma al cerco de murallas que apuntala el cerro, podemos percibir en ese aire cierto regusto histórico mezclado con el polvo seco que los cascos de los caballos del conde Lerín levantaron en su afán por conquistar la antigua población. Las mujeres lo rechazaron a pedradas desde las almenas, pero el empeño del conde y sus sucesores hizo caer finalmente a la villa. Poco queda de la muralla original, las obras de restauración han sido las que nos han devuelto su aspecto, pero conserva su ímpetu y figura imponente. (…)
Surcando las olas del Cantábrico

Las actividades náuticas proliferan en nuestras costas, desde el surf al kayak, el paseo en velero o el buceo deportivo
En la tierra de los históricos marinos Andrés de Urdaneta y Juan Sebastián Elcano, pero también en la de los contemporáneos navegantes José Luis de Ugarte, tristemente fallecido hace unos años, y Unai Basurko, o del pionero del surf José Luis Elejoste y las estrellas contemporáneas, Aritz Aranburu o Eunate Aguirre entre tantos; aquí, en la costa cantábrica, en el Golfo de Bizkaia, la pasión por el mar va más allá del disfrute de las playas o de nuestro barcos pesqueros. Hay todo un mundo de actividades náuticas para profesionales y amateurs a la vuelta de la ola.
Grandes islas del Maditerráneo. MOSAICO DE CULTURAS
Autor: Sergi RamisHa viajado portodo el mundo,
pero considera que el paisaje y el clima
perfectosestán en el Mediterráneo.
Todos tenemos un estereotipo de Sicilia en la cabeza: un hombre siniestro susurrando al oído de otro de aspecto patibulario “…que parezca un accidente”. Pero muchos menos sabrían decir cómo es la mayor isla del Mediterráneo.
Es verdad, los mafiosos existen, siguen con sus andanzas y mejor no tener encuentros con ellos. Aunque los amantes del mito pueden pasearse por los pueblitos de Corleone o Prizzi, Sicilia reúne atractivos mucho mejores. En lugar destacado, el volcán Etna, de 3.323 metros de altitud y todavía activo. Pero también algunos de los yacimientos helenos más prodigiosos que llegan a superar incluso a muchos de los que se encuentran en la propia Grecia (Taormina, Catania, Naxos, Siracusa, Agrigento, Selinunte…) y un paisaje mediterráneo puro y poco alterado. Sicilia es para quien no teme al calor asfixiante.
Cerdeña, menos monumental y “arqueológica”, es más el territorio de mamás que amasan pasta fresca en sus cocinas y señores que discuten en las tabernas acerca de si el estado italiano les ignora, les menosprecia o bien les insulta. El sentimiento sardo está profundamente arraigado, aunque se permite lujos históricos, como la permanencia de la lengua catalana en núcleos de la costa noroccidental (Alghero). Caí por allí en busca de esos “compatriotas” tan exóticos y acabé descubriendo una isla de gente amable hasta el paroxismo, terrenos pelados y resecos que hablan de un expolio histórico de su rico patrimonio forestal y playas de aguas esmeraldas. En la segunda isla más grande del Mediterráneo, el pedaleo (mi medio de transporte era la bicicleta) se me atragantó a veces por el montañoso centro.
Apenas nada sabía de Chipre cuando llegué a ella rebotado de una apurada salida de Beirut. Descubrí una isla donde –pese a su conflictiva situación geopolítica– la gente goza su existencia. El sol estalla en cada piedra y proporciona a los vividores pequeños lujos infalibles: quesos de personalidad salina, higos que parecen mermelada, berenjenas que provocan el desmayo. Resumen perfecto de Grecia y Turquía, de Oriente y Occidente, en Chipre esperan iglesias bizantinas en los montes Trodos, castillos cruzados en Kyrenia y playas edénicas en Konno Bay.
Córcega es arisca y reservada, como sus habitantes. Si alguien cree que el carácter taimado que los corsos revelan en Astérix en Córcega es pura caricatura, que se acerque por esta isla, la cuarta en extensión del Mediterráneo, y comprobará que el retrato es bastante fiel. Cosas de vivir en una montaña plantada en el mar. Porque eso es Córcega, la isla más afilada, con su propia personalidad geológica. Prácticamente sus bosques de castaños cubren todo el interior, lo que proporciona una ganadería fecunda y una gastronomía sabrosa. El turista andarín llegará a Córcega atraído por su sendero GR-20, que cruza la espina dorsal montañosa, con más de 200 km de trazado y 10.000 de desnivel acumulado. Seguramente así descubrirá porqué los griegos –que no eran tontos– llamaron Kallisté (la más bella) a Córcega.
Creta es isla de excesos. Fue allí donde floreció la civilización minoica, cuyos restos más espectaculares son el palacio de Cnossos, el laberinto creado por Dédalo, según la leyenda. La cultura de Minos nos deja el icono mediterráneo por excelencia, el de Teseo, vencedor del Minotauro. Quienes deseen, por otra parte, enfrentarse a sus propios límites, tienen en las gargantas de Samaria el desfiladero más impresionante de todo el Mare Nostrum y patrimonio de la Humanidad.
Mallorca se cuela en nuestra lista de las seis mayores islas del Mediterráneo por una decisión arbitraria: dejamos de lado a la griega Eubea, tan sólo 15 km2 más grande, y procedemos a sumergirnos en los encantos de nuestra ínsula mediterránea mayor y más cercana. Olvídense de los centros turísticos del sur donde otros europeos se solazan con vino barato. Conozcan el canto de ángeles humanos como la escolanía del santuario de Lluc, caminen por montañas aromáticas como la Serra de Tramuntana (cinco jornadas la travesía integral) o aprendan a localizar los retiros rurales más hechizantes, como hicieran el escritor Robert Graves en Deià o el pianista Frederic Chopin en Valldemossa.
LA HUELLA DE LOS GENTILES
La huella de los gentiles – Un paseo por parajes de leyenda
Será el fin de nuestra raza. Ha nacido Kixmi –dijo el más anciano tras ver desde las campas de Argaintxabaleta, en la sierra de Aralar, la nube que avanzaba amenazante. Nunca hasta entonces había llovido ni el cielo se había nublado. Y muchos gentiles se lanzaron desde la peña empujados por el miedo, y rodaron ladera abajo hasta el valle de Arraztaran, donde se escondieron bajo una losa, Jentilarri, quedando sepultados. Es lo que cuenta la leyenda, las historias que alrededor del fuego, aún hoy en día, se cuentana los más pequeños. Yo era apenas un niño cuando sucedió, pero recuerdo el temor en los rostros de muchos de aquellos grandes hombres, acogotados bajo el peso de aquellos nubarrones, atenazados por las palabras del mayor de sus mayores. Muchos murieron, sí, pero algunos quedamos con vida. Nos escondimos en los bosques más profundos, en las cuevas más oscuras, las Jentiletxeak. Nosotros, los que hasta entonces fuéramos gigantes de fuerza descomunal, nos veíamos obligados a capitular, a vivir como alimañas. Entonces comenzaron aquellas noches oscuras en las que junto a las llamas danzantes de la hoguera recordábamos otros tiempos mejores, aquellos en los que la sierra de Aralar era de nuestro dominio, nuestro hogar. Aquellos en los que jugábamos interminables partidos de pelota con grandes pedruscos. Como los que se disputaban en la cima del monte Murumendi. Era tal el brío y la fuerza, que en uno de esos encuentros la roca que usaban como pelota se partió en dos y cayó un trozo en la peña Gaztelu, y la otra en la peña de Saltari, no lejos del paraje de Alotza. Oía esas historias y me imaginaba lanzando enormes pedruscos a largas distancias, como la que llegó hasta la punta de Alcolea, un bloque calizo en la costa entre Mutriku y Deba, que dicen lanzó un fuerte gentil desde el monte Arno. O la andanada de rocas que el grandullón y envidioso Sansón envió con su honda a los parajes de Txoritegi, no muy lejos de Zerain, desde Aizkorri. Quería arruinar la belleza de nuestras praderas, las de Aralar, pero resbaló y erró el tiro. ¡Menudas risas hicieron nuestros antepasados! Dicen que con la llegada de Kixmi, Cristo, los gentiles desaparecieron. Pero no es verdad. Aquel miedo inicial que se llevó a los más débiles dio pasoa una nueva era. Nosotros ayudamos al cristianismo a ocupar su lugar. Yo era ya un adolescente cuando participé en la construcción de la ermita de Zumarraga. Disfruté como el niño que aún era lanzando piedras de arenisca desde Aizkorri y guardo como recuerdo de aquello un dedo torcido, roto al engancharse en uno de los pedruscos, el mismo que con las marcas de mis dedos puede verse junto a la puerta de entrada. No fue la única iglesia de nacida con nuestra ayuda, también la de Markina, con piedras de Santa Eufemia; la de Nuestra Señora de Aitziber, en Urdiain; la de Elkano, que con motivo de una apuesta, levantaron en una noche entre tres gentiles. Y tantas otras…Y las tardes calurosas de verano recuerdo haber ido en dos zancadas, junto a mi padre, hasta Jentiliturri, cerca del castro de Intxur. Tras un largo trago de agua en la fuente, nos sentábamos entre los valles de Oria y Urola para disfrutar del panorama. Teníamos a nuestros pies los pueblos del Goierri y los montes de Euskal Herria. Vislumbrábamos las cuevas de los montes de Muskia,en cuyos alrededores se recogían cantidades ingentes de cereal, o los riscos de la peña bicéfala de Gazteluberri. Y la majada de Olerre, junto al puerto de Etxegarate, donde se asentaban las ferrerías de un grupo de gentiles. O la bella Oiartzun, asomada al mar, y que mi padre me contaba cómo había ayudado a su construcción acarreando rocas desde el monte Jaizkibel. También veíamos el valle de Olatz en Mutriku, donde asomaba Jentiletxeta, cerca del monte de Arrigorrieta,donde vivían unos parientes nuestros. Si mirábamos hacia Bizkaia, estaba Jentilzulo, en Orozko; y Jentillarri, entre el barranco de Urdiola, en Arrankudiaga, y el castillo de Arakaldo, donde alguna vez habíamos ido a jugar partidasde bolos. Junto a las cuevas de Balzola, en Dima, destacaba el hermoso puente de Jentilzubi. Y si la vista se paseaba por Nafarroa, entonces veíamos las Jentilzulo o cuevas de Leitza, cerca del puente de Ozparrun. Y Jentileo, la ventana de los gentiles, en lo alto de la peña de Laiene de Urdiain, mientras que en Arano, las campas de Jentilbaratza aparecían sembradas por las rocas lanzadas desde otros confines. Allá donde la vista llegaba, estaba la huella de mi tribu. Dicen que con la llegada de Kixmi, Cristo, se acabó nuestra raza. No se lo crean, son las malas lenguas. Las cuevas siguen siendo oscuras y profundas y en las selvas de hayas y robles, en las noches oscuras de invierno, aún se oye el crepitar del fuego en torno al que contamos historias de otros tiempos.
