Luis Iriondo: “El 26 de abril de 1937, día del bombardeo, tenía 14 años.”

Abril 1937, Bombardeo de Gernika – Abril 2011, publicación de El chico de Guernica. Han tenido que transcurrir 74 años para que usted se decidiera a escribir una novela, su primera novela, sobre lo que vivió en primera persona. ¿Cuántos años tenía? ¿Qué recuerda de todo aquello? ¿Cómo fueron las consecuencias personales?
El 26 de abril de 1937, día del bombardeo, tenía 14 años. Nací el 3 de septiembre de 1922. Todo lo que ocurrió aquel tiempo ha quedado grabado en mi mente ya que fueron momentos duros que cambiaron totalmente mi vida.

Había terminado el tercer año de bachillerato en el instituto de Gernika, que se había inaugurado el año 1933 con nosotros, y terminó su andadura aquel 26 de abril. Tuve que dejar de estudiar y procurar ganarme la vida porque la situación de mi familia cambió del todo. Habíamos tenido dos negocios, uno de venta de muebles, de los más importantes del pueblo, y otro de carbonería. El primer lo regentaba mi madre y el segundo, mi padre. Lo perdimos todo.

A nuestro regreso de Francia nos fuimos a vivir a Bilbao, pero mi madre alquiló uno de los locales que habilitó el ayuntamiento de Gernika en los bajos de las escuelas de las chicas, que no se habían destruido, y mi padre entró a trabajar como obrero en un taller de Bilbao. Mi madre iba a Gernika los lunes y volvía los sábados. No era fácil encontrar un empleo y yo hacía trabajos esporádicos. Encontré trabajo en la oficina de una compañía consignataria de buques alemana, pero lo perdí seis meses después al empezar la guerra mundial y suspenderse el tráfico marítimo con Alemania.

A los 19 años, antes de cumplir los 20, tuve que ir al ejército, donde serví durante tres años. La guerra mundial y la posibilidad de que pudiéramos entrar nosotros también, nos retenía en el ejército.

¿Por qué se ha decidido a escribir ahora? ¿Por qué ha dejado pasar tanto tiempo?
Esta historia comenzó hace mucho tiempo con un periodista japonés. Era corresponsal del periódico más importante de su país, según me dijo, y vino a Gernika acompañado de una mujer japonesa que vivía en Madrid. Ella venía como traductora o intérprete. Pasaron un par de días en Gernika y les acompañé a todas partes contándoles lo ocurrido. Incluso me invitaron a comer con ellos para tener más tiempo para hablar. Días después me llamó la traductora para decirme que el periodista le había pedido que le aclarara ciertas cosas. Lo hice, pero volvió a llamarme un par de veces más con el mismo fin. Un poco cansado y con objeto de evitar más llamadas, le dije que le escribiría mi relato sobre aquellos días y que si quería que lo tradujese al japonés y que se lo enviara o que ella misma contestara a sus preguntas, que allí estaba todo lo que podía decirle. Así lo hizo y no me llamó más.

Aquel primer relato me sirvió después para dárselo a otros periodistas que venían con el mismo fin e incluso para enviarlo a sus domicilios, cuando me anunciaban que iban a venir y así les ahorraba el viaje. A aquel relato le fui añadiendo otros, algunos anteriores a la guerra, otros posteriores y algunos periodistas, tras su lectura, me hablaban muy bien de lo que había escrito. 

De todas formas, el libro va más allá del bombardeo y de los años de la guerra y describe toda una forma de vida, las vivencias de un niño en una villa y una comunidad con sus hábitos, sus tradiciones, sus creencias… ¿Hasta qué punto es también un libro, por decir de alguna forma, antropológico? ¿Añora aquella forma de vida?
En una de las relecturas eché en falta algo. Me di cuenta de que aquel día en Gernika no sólo se habían perdido vidas humanas y hogares, sino la vida de un pueblo con sus costumbres y tradiciones, que habían conformado el modo de ser de sus habitantes. Me di cuenta que guardaba recuerdos entrañables de mi niñez. Y cuando decidí incluirlos me percaté que allí, con algunos retoques y añadiendo algún personaje, había tema para una novela. Y empecé a escribir pero sin muchas esperanzas de terminarla. No era la primera vez que intentaba escribir una novela, pero nunca llegaba muy lejos por falta de tiempo: he tenido que trabajar mucho para sacar adelante a mi familia con seis hijos. Pero esta vez, las ideas basadas en mis recuerdos fluían fácilmente y le fui cogiendo gusto; yo mismo me quedé extrañado de lo que había hecho. En principio había descrito los acontecimientos en tercera persona, pero cuando casi la tenía terminada, la rehice de nuevo colocándola en primera persona porque me sentía más libre para expresar mis sentimientos. Pero no quería que fuese una autobiografía por lo que enmascaré situaciones y nombres para introducir en el relato a personas que todavía vivían o vivían sus parientes que pudieran reconocerles. Incluí también la figura ficticia del muchacho alemán y así pude describir el bombardeo desde arriba y desde abajo y presentar también la parte humana de los alemanes que nos habían bombardeado. Creo que casi más de un noventa por ciento de lo que se dice es historia. Incluyo también personajes reales, como el teniente Von Morreau, que fue uno de los que arrojaron las primeras bombas sobre el puente de Rentería. Curiosamente, hace pocos años conocí a un sobrino suyo con el que trabé cierta amistad.

El protagonista de la novela es un chaval más preocupado por sus cuitas personales que por la historia en mayúsculas, ¿Le ha costado mucho meterse en la piel de un niño? ¿Ha sido difícil abstraerse de la historia grande para hablar desde una perspectiva humana?
No me ha costado nada meterme en la piel del protagonista. No he salido de ella. Sólo he recurrido a mis recuerdos. Tampoco me ha costado verlo desde una perspectiva humana. He conocido a víctimas alemanas que también sufrieron en su niñez como nosotros y no nos diferenciamos tanto. Tengo muchas amistades entre ellas.

¿Cómo vive la publicación de su primer libro?
La publicación de mi primer libro la vivo con mucha ilusión. Siempre he tenido la esperanza de poder hacerlo algún día y ahora se hace realidad. Esto lo tengo que agradecer a todas las personas que lo han hecho posible. Además me permite contar a todas las personas que lo lean el error y la brutalidad que suponen las guerras para tantos inocentes, a pesar de que he querido suavizarlo para que no sea una lectura dura.

Usted es una persona muy activa e inquieta: es integrante del colectivo Gernika gogoratuz, se encuentra inmerso en la campaña a favor de traer el Guernica de Pablo Picasso, a Gernika. ¿Cuál es el mensaje, la experiencia, la vivencia personal que le gustaría transmitir, hacer entender a las posteriores generaciones?
Un día me invitaron a hablar a los alumnos de la Escuela Profesional de Gernika, muchachos de entre 15 y 16 años. Yo creía que les cansaría pues les hablaba de algo que había pasado hacía muchos años, que lo tomarían como los cuentos del abuelito. Pero me asombró su reacción. Escuchaban con mucha atención y después ellos aportaban también cosas que habían oído a sus mayores.

En cuanto la campaña Guernica a Gernika, en el 70 aniversario del bombardeo, vinieron alcaldes y representantes de ciudades que habían sufrido bombardeos. Incluso de una de las ciudades japonesas bombardeadas por la bomba atómica. Hubo un acto en la Casa de Juntas con su salón de actos a rebosar de público invitado y políticos, donde me pidieron que hablara. Incluso me colocaron en la presidencia, entre el alcalde de Gernika y el lehendakari Juan José Ibarretxe. Había también una representación del Ministerio de Cultura, que es quien se opone al traslado del cuadro.

Comenté que cuando pasé por París, a mi regreso de Francia, se exhibía en uno de los pabellones de la exposición universal, el cuadro que llevaba el nombre de nuestro pueblo, aunque yo ignoraba eso ni sabía entonces quien era ese pintor. Dije que la primera vez que vi una reproducción del cuadro, no reconocí a Gernika. Había algunas cosas, como el toro o el caballo, que no son representativas de nuestra zona. Si acaso, si hubieran sido un burro y una vaca. Pero a medida que pasaba el tiempo, me he dado cuenta que Picasso, quizás sin proponérselo, había incluido personajes o elementos que sí corresponden a aquel día. El soldado muerto está enterrado en Gernika y las dos mujeres que claman al cielo, una de ellas con el hijo muerto en brazos, son nuestras madres. Curiosamente hubo una madre a la que la metralla mató en sus brazos a su pequeño hijo. Y el incendio que aparece en una ventana representa al que terminó de destruir nuestro pueblo. Ahora se atiende y respeta a las victimas del terrorismo e incluso tienen alguna compensación económica. Aquí también fuimos victimas del terrorismo porque lo de Gernika fue también un acto terrorista para conseguir la rendición de las fuerzas vascas. Y nos obligaron a callar. El cuadro en Gernika podría ser una compensación por el daño que nos hicieron. A su fama mundial, también contribuyó y mucho el sentimiento de horror que causó en el mundo su nombre. El “Guernica” es un grito contra la guerra y tiene sentido en la ciudad que le dio su nombre con su destrucción, que tiene, además, el título de “Ciudad de la Paz” concedido por la UNESCO.

Cuando terminó el acto, dos senadores del PNV se acercaron para decirme que tenía que ir a Madrid a exponerle a la Ministra de Cultura todo lo que había dicho allí. Yo no tenía muchas ganas de hacerlo, pero al final me convencieron. En el Senado estuvimos entre el público el alcalde de Gernika y yo. Habían conseguido que después de la sesión nos recibiera la ministra. Cuando se tocó el tema y la ministra empezó a decir que no era posible por el deterioro del cuadro y demás, el senador vasco le interrumpió y le dijo: “Eso no me diga a mí. Dígaselo al alcalde de Gernika y a Luis Iriondo, superviviente del bombardeo, que están ahí arriba”. La pobre mujer quedó cortada y furiosa; casi no sabía por donde salir. Cuando terminó esperamos a que nos recibiera, pero un periodista nos preguntó si la estábamos esperando. Cuando le dijimos que sí, nos dijo: “Ya podéis marcharos. Ha salido por la puerta de atrás”.

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